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Jerry Lee Lewis, el inventor del exceso en el rock and roll

0710_jerrypianoEsta entrevista fue publicada en ROLLING STONE (número 86) en diciembre de 2006.

Mientras sus cinco chihuahuas ladran dentro de su casa, Jerry Lee Lewis arrastra los pies y sale de la cocina en dirección a la fila de casitas para perros que tiene debajo del porche donde aparca su coche. Sólo lleva puesto unos calzoncillos –tipo slip, no de los otros– y, por un momento, el rockero más rockero de todos los rockeros parece un abuelo en plena crisis senil. “¡Métete en casa, papá!”, dice Phoebe Lewis, su hija. Jerry dice algo ininteligible.

 

“Vuelve dentro y ponte algo de ropa”, le vuelve a decir Phoebe. “Ehta eh micaha y puedo ih en cahonhilloh hi hiero” [“Esta es mi casa y puedo ir en calzoncillos si quiero”]. “Este hombre es escritor, ¿no lo entiendes?”, insiste Phoebe refiriéndose a mí. “Hé he eh ehrior. ¡Ehoi dihiendo a vehad!”, que significa: [“Sé que es escritor. Estoy diciendo la verdad”]. “¿Ésta es la verdad? ¿Tus calzoncillos representan la verdad?”, le pregunta su hija. Y Jerry vuelve a emitir un sonido imposible de comprender. “Muy bien, tú mismo”, desiste Phoebe, de 43 años. “Haz el idiota si quieres. No me importa. No te vistas y monta un espectáculo. Que te vean también todos los coches que pasan por la calle”. 

Jerry Lee Lewis mira con desprecio a su única descendiente viva y se va caminando hasta el medio de la calle, iluminado por las luces del garaje como si estuviera en un escenario. Los coches no dejan de pasar y él mueve los brazos, salta y les grita a los vehículos, desafiándoles a parar ante su cuerpo desnudo en medio de la humedad de la noche. “¡Deha que ehriba eho!” [“Deja que escriba eso”], le dice a su hija mientras vuelve a la casa.

Se confirma que no es ninguna crisis senil, sino que es un momento 100 por ciento Jerry Lee Lewis. Un momento que pudo haber sucedido cualquier día desde que viniera al mundo, en Ferriday (Louisiana), el 29 de septiembre de 1935, exactamente el mismo año que Elvis Presley. Así que el único tipo de la historia del rock capaz de hacer que Keith Richards parezca tan nocivo como Mickey Mouse continúa en plena forma.

Bueno, quizá en plena forma no, pero continúa con su particular cruzada. Los noventa fueron una mala década para The Killer [El Asesino, el nombre con el que se conoce popularmente a Lewis]. Eso sin tener en cuenta la pesadilla con sus relaciones que vivió en los cincuenta, la ruina económica de los sesenta, las calamidades sin precedentes por las que pasó en los setenta y su úlcera sangrante de estómago que casi le mató en 1981. Desde entonces, todo ha ido cuesta abajo.

¿Quién puede acusar a alguien que haya pasado por todo esto de tomarse un rato para deprimirse? Después de que su sexta mujer, Kerrie Lynn McCarver Lewis, le abandonase (antes, ella ordenó pintar todo el Rancho Lewis de dorado; menos la cocina, que la empapeló de arriba a abajo con papel de Coca-Cola), Jerry se quedó solo con su hija, que viene de su matrimonio (el tercero en orden cronológico) con Myra, una prima segunda con la que se casó cuando ésta sólo tenía 13 años. “Yo he nacido para cuidar de mi padre”, comenta Phoebe. “Nunca me he casado y no quiero tener hijos. No pienso robar su dinero ni darle drogas, como hicieron todas las demás”.

El único tipo de la historia del rock capaz de hacer que Keith Richards parezca tan nocivo como Mickey Mouse continúa en plena forma. Bueno, quizá en plena forma no, pero continúa con su particular cruzada.

Un día en la vida de Jerry Lee Lewis es tal y como sigue. A las cinco de la mañana sale de su habitación para ver Gunsmoke (la serie del oeste más famosa de la televisión americana que en España se emitió en los setenta como La ley del revólver) aunque se sepa los capítulos de memoria. Entonces, Phoebe le prepara un plato de carne y un zumo de uva, su bebida preferida desde de que dejara el alcohol. Luego, vuelve a su habitación.

Resucita a las siete de la mañana, y se pasea en calzoncillos por la casa. Se ha pasado los últimos años grabando su nuevo disco: Last Man Standing (que se puede traducir como “el último de su generación”) con unos cuantos amigos (desde Little Richard a Bruce Springsteen, Mick Jagger o Keith Richards), mitos del country (Merle Haggard, Tobby Keith) y virtuosos del blues (B.B. King, Buddy Guy). Con canciones rápidas (Rock and roll, con Jimmy Page, de Led Zeppelin) y también con temas lentos (A couple more years, con Willie Nelson). Su último matrimonio acabó como el rosario de la aurora y dejó a Jerry postrado en una cama donde lo único que hizo fue ver la televisión y descuidarse. Después, el millonario aficionado al cine y a la música Steve Bing decidió que el mundo necesitaba un nuevo disco de Jerry Lee Lewis, financió toda la grabación y encargó a Jimmy Rip la producción y la supervisión de los duetos con las estrellas que participan en el disco.

El proyecto ha tardado cinco años en realizarse, pero la espera ha merecido la pena. Después de 60 años tocando en todos los sitios donde un músico puede tocar, Jerry Lee no es sólo la última leyenda viva, sino que su disco es un auténtico milagro.  “Hemos trabajado muy duro”, comenta Jerry sentado en una habitación que podría haber sido bonita si no estuviera pintada de dorado. “Viajamos por todo el país trabajando con diferente gente. Yo ayudé a escoger las canciones, pero los otros también tenían mucho que decir al respecto. Nunca he trabajado con músicos tan increíbles”.

Deberíamos haber empezado diciendo que las entrevistas con Jerry duran una media de 12 minutos y que, con ese acento que tiene, tan complicado de entender incluso para un americano, el reportero de turno evita preguntar “¿qué?” todo el rato, para no perder tiempo. Esta vez, sin embargo, el mítico artista habla durante una hora seguida. El truco es el siguiente: dejar que el hombre haga lo que le dé la gana. Y, sorprendentemente, lo único que quiere Jerry es hablar de su niñez, empezando por su primo Jimmy Swaggart, uno de los mejores predicadores de su generación. Nacieron sólo con seis meses de diferencia y sus vidas siempre han estado entrelazadas.

“Empecé mi carrera en casa de Jimmy Swaggart”, relata. “Yo tenía cinco o seis años. Él tenía un piano y en mi casa no había ninguno, y entonces pensé: ‘Yo lo que quiero es tocar el piano’. A los ocho años me regalaron uno y a los diez ya lo tocaba bien, casi como lo toco ahora. Si eso es tocarlo bien, claro”. “Nunca di ninguna clase”, continua. “Di una, nada más. Volvía loco al profesor. Él tocaba una canción leyendo las notas y yo le decía: ‘A mí me suena mejor así’. Y lo cambiaba a mi estilo. Chico, se ponía enfermo”.

Jerry tiene su piano Starck en el salón. El instrumento está hecho añicos e inservible, con el marfil de las teclas desgastado, justo al lado de su otro piano dorado. “Cuando miro ese piano y veo en el estado en el que está, sé que es el mismo estado en que estoy yo”, dice mirando su instrumento destartalado.

La vida sentimental de Jerry Lee Lewis resulta tan descabellada como su discografía. Se casó por primera vez a los 15 años con la hija de un predicador pentecostal y pronto se inscribió en el Instituto Bíblico en Waxahachie, Tejas, con la idea de que un buen padre de familia debía tener una respetable experiencia como predicador. Gracias a su memoria fotográfica, puede recordar pasajes enteros de la Biblia casi tan rápido como estrofas de sus canciones. A pesar de que no era un mal seminarista, pronto empezó a escaparse a los garitos nocturnos de Dallas y fue expulsado a los tres meses por tocar una canción religiosa, My god is real, a ritmo de boogie delante de todos los estudiantes.

Después de tener unos cuantos trabajos basura y casi acabar en la cárcel por no pagar a Hacienda, se dio cuenta de que la radio estaba empezando a programar nuevos sonidos y todos venían del mismo sitio: la discográfica Sun Records, en Memphis. Cuando Jerry tocó en la puerta de Sun Records en septiembre de 1955, fue acogido como “el nuevo Elvis” casi a la vez de que el propietario de Sun, Sam Phillips, hiciese el peor negocio de la historia de la música: vender el contrato que tenía con Elvis Presley a la discográfica RCA por la escuálida cantidad de 35.000 dólares (unos 27.500 euros).

Sam Phillips dio a Lewis libertad total y su instinto no le falló: Whole lotta shakin’ goin’ on resultó ser un auténtico éxito en la radio. Una canción grabada con un sólo micrófono en los estudios de la discográfica y que era una auténtica invitación sexual, algo que la mayoría de los americanos de clase media no habían escuchado en su vida.

En aquella época, mediados de los cincuenta, en mitad de la Guerra Fría, aquella canción cayó como una auténtica bomba. Cuando Jerry la interpretó en directo en el archifamoso programa de televisión de Steve Allen, The Steve Allen Show, el 28 de julio de  1957, la llevó más lejos e incluyó un seductor discurso que suena incluso desafiante 50 años después.

Con su pelo saltando al ritmo de su percutiva forma de tocar las teclas del piano, tiró por tierra casi dos mil años de cristianismo en sólo dos minutos. Nadie, ni los Beatles ni Elvis, tuvieron un debut televisivo tan apabullante. Aquella noche, se convirtió en una estrella.

“Nunca pensé que los discos que grabé en esa época fueran vulgares”, comenta Jerry. “Ahora, escuchándolos, sigo pensando que son arriesgados. No soy ningún tonto, pero sólo pienso en música. Sabía que la música era buena, sabía que a la gente le gustaba y ese era el camino que quería tomar. No me iba a vestir con pantalones de mujer para cantar, aunque lo hiciera alguna vez. Iba a ser todo más natural”.

Esta declaración no es del todo cierta. A Jerry no le gustaba nada lo que decía la letra de su segundo éxito, Great balls of fire (“me muerdo las uñas, chasco los dedos/ venga, nena, vuélveme loco/ que tengo unas maravillosas bolas de fuego”) que al principio se negó a grabar porque consideraba que era una canción diabólica. Este tema llevaba a otro nivel los deseos más ocultos de una generación de jovencitas que nunca habían escuchado nada igual. Sam Phillips y él tuvieron una discusión salvaje por motivo de esta canción.

“No estaba acostumbrado a que las chicas se comportaran así”, continúa contando Jerry. “Nunca olvidaré una vez que tuve que abandonar una actuación a la que había acudido mi padre porque las chicas gritaban demasiado alto. Entonces mi padre me dijo: ‘¿Cómo puedes negarte a algo así?’. ‘¿A qué, papá?’, le pregunté. ‘A esas chicas, Jerry’. ‘Nunca pienso en ello’, le contesté. Era evidente de qué contexto venía mi padre”.

Pero Jerry no era precisamente un ingenuo. Estaba enamorado de su prima segunda, que sólo tenía 13 años, Myra Gale Brown, hija de su primo y bajista J. W. Brown. Incapaz de hacer otra cosa que no fuera lo que le dictaran sus emociones (ya había estado casado dos veces, tenía un hijo y no se había parado a perder el tiempo en formalidades legales como presentar el divorcio de sus anteriores esposas), se casó por tercera vez con Myra.

El hecho de que fuera su prima y que sólo tuviera 13 años no parecía ser un impedimento. Para Jerry, que tenía 23, el amor debía poder con todo, incluyendo unos padres atónitos y una opinión pública horrorizada. Esta vez, al menos, tenía dinero para cuidar a una esposa. Había dado conciertos con Chuck Berry y con Buddy Holly, contaba sus discos por éxitos y no veía que hubiera nada por lo que preocuparse. Pero los periódicos descubrieron su historia con Myra durante una gira por Inglaterra en mayo de 1958 y le obligaron a abandonar el país. Ya en Estados Unidos, la gente que le apoyaba le dio la espalda y las radios empezaron a boicotear sus canciones. “No me podía importar menos”, dice Lewis. “Nunca escondí nada, a pesar de que Sam Phillips me recomendó hacerlo. Eso me parecía una mierda. Sería un hipócrita si hiciera eso”.

Incapaz de vender un solo disco desde su caída a los infiernos, Jerry siguió viviendo de lo que sacaba tocando en directo. “Mis fans nunca dejaron de quererme”, dice. “Siempre vinieron a mis conciertos aunque ya no podían comprar mis discos, porque Sam perdió sus distribuidores y nunca más volvió a editarme nada.Cuando me fui a Mercury Records [en 1963], una de mis canciones [Another place another time, en 1968] llegó a vender un millón de discos sin ayuda de la prensa. Eso significa que Sam no me hacía del todo bien”. Todas las estrellas que tenía Sun Records se habían ido a otras compañías y, a pesar de que Jerry había vendido unos cuantos millones de discos, nunca vio un dólar por derechos de autor, aunque nunca demandó a Phillips.

“No, nunca he denunciado a nadie”, cuenta. “Sam me debía millones. Me lo dijo una vez delante de muchos testigos. ‘¿Cuánto me debes más o menos?’, le pregunté hace como 25 años. ‘Más o menos ocho millones de dólares’, me dijo. ‘Ese dinero es mío y no me lo vas a pagar, ¿verdad?’, le pregunté de nuevo. ‘No, Jerry. No te lo voy a pagar. Denúnciame si quieres, pero no te lo voy a pagar. Me lo he gastado en chicas, casas y coches”.

Jerry se parte de la risa. Se ríe como no lo volverá a hacer en toda la tarde. “Sabía que negociar con Sam era un asunto complicado. Era un rata. Para él, 25 centavos eran exactamente lo mismo que 25 millones de dólares”. La mayoría de la gente contemplaría demandar a otra persona por mucho menos dinero. “Imagina lo que me debe hoy. Pero nunca he sentido nada por el dinero. El dinero te ayuda a pagar las facturas, a cuidar de tu familia, a comprar cosas. Siempre he sabido ganarme el dinero y siempre he sabido gastarlo. Jajajaja!. Dios mío”.

Bueno, la música no va de hacer dinero, ¿no?

“La música es algo que le das a la gente. Pagan para escucharla, pero tú no puedes robarles. Nunca pensé en ahorrar. Simplemente disfruté del dinero, cuidé a mi padre y a mi madre hasta que se murieron y también del resto de mi familia. Me encanta entretener a mi público. Si lo hubiera hecho por dinero, sería el tipo más rico del mundo. Bueno, y los de Hacienda [se ríe a carcajadas]. Vinieron a por mí tres veces. Me quitaron todo lo que tenía. Probablemente muera debiéndoles dinero. Siempre te vigilan. Nunca me he ocupado de los asuntos de los impuestos. Siempre lo ha hecho alguien por mí. Y eso es un problema”.

Hasta aquí la entrevista. Jerry probablemente intuía que no quedaban muchos temas sencillos de los que hablar y que había que empezar a contar de las cosas difíciles, como que su hermano Elmmo Jr. murió atropellado por un conductor borracho cuando tenía ocho años; como que su hijo de dos años, Steve Allen, murió ahogado en la piscina de casa el día de Pascua de 1962; como que su matrimonio con el amor de su vida, su prima Myra, se acabó sólo un año después, coincidiendo con la muerte de su madre, el apoyo más sólido en su vida, cuando ella sólo tenía 59 años; como que durante 1973 su hijo Jerry Lee Jr (de su segundo matrimonio) murió a los 19 años en un accidente, se divorció de su cuarta esposa y fue detenido por conducir ebrio; como que en 1976 disparó accidentalmente a su bajista Butch Owens en el pecho con una Magnum 357 (Owebs sobrevivió de milagro); como que en 1981 estuvo al borde de la muerte al descubrírsele una úlcera de cinco centímetros de diámetro en su estómago, producto del abuso de alcohol, barbitúricos y anfetaminas; como que en 1982, su cuarta mujer, Jaren Elizabeth Gunn Pate Lewis, murió ahogada en la piscina de unos amigos; como que en 1985 su quinta mujer, Shawn Michelle Stephen Lewis, murió de una sobredosis accidental que llevó a Jerry a ser investigado.

Los rumores oscuros y las bromas pesadas en torno a su figura no han cesado nunca. Todos éstos son suficientes motivos para que Jerry sufra un estrés post-traumático desconocido desde lo que le pasó en la Biblia al Santo Job. Por otro lado, estaba la música: “Recuerdo la primera vez que tocamos Whole lotta shakin”, dice Roland James, guitarrista de todos los discos que grabó Jerry entre 1957 y 1963, “sabíamos que teníamos un éxito porque nos la hicieron repetir 14 veces en un club de Blytheville, de Arkansas”. “A Jerry sólo le interesaba la música”, sigue contando el guitarrista.

“A veces le daban un cheque que él sabía que era una mierda, pero tocaba igual, porque sabía que la gente había venido a verle”. En 2002, Steve Bing, productor de cine y uno de los que más dinero donan al Partido Demócrata en Estados Unidos, quiso que Jerry grabase dos canciones para la banda sonora de una película que al final no se hizo. Sin embargo, tanto él como Jimmy Rip siguieron con la idea de recuperar al artista, que no tenía mánager ni página web ni nada.

Viajaron a Misisipi y se encontraron con un Jerry Lee Lewis físicamente deteriorado después de años de tratamiento con metadona, a la que se enganchó para desengancharse del Talwin, un calmante del que era dependiente después de su operación de estómago de 1981.

A pesar de la desconfianza inicial de Jerry, llegaron a un acuerdo económico y pusieron en marcha el proyecto, que ahora tiene forma de disco y se llama Last man standing. Ambos le animaban diciendo: “Jerry, toda la gente que está participando en el disco querían ser como tú cuando empezaron a tocar. Bruce Springsteen [del que hace una versión], Keith Richards... Así que, cualquier cosa que hagas, estará bien”. “Aceptó todas las sugerencias”, dice Rip. “Todas menos hacer una versión de Angel of death (o sea: Ángel de la muerte), de Hank Williams. Podía hacer lo que fuera menos esa canción. Su pasado pesa demasiado. Nunca habla de la muerte”.

A continuación, te dejamos una actuación de 1957 de The Killer, interpretando Whole lotta shakin' going on:

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